Si por un momento cierro los ojos
y olvido tu nombre y el mío,
olvido tu cara, tu cuerpo,
nuestro breve paseo por esta tierra
y también olvido mi ego…
mi consciencia empieza a irse.

Mis emociones se vuelven más sutiles,
menos densas, más ingrávidas,
menos tensas hasta el punto en que desaparecen.
Y ahora puedo ver la verdad...

Veo el origen, el disfrute,
la alegría de existir sin más.
De sentirme completa, emocionada y vital.

Mi forma informe conteniendo la luz que soy
me ubica en el espacio,
pero aquí no hay tiempo,
no percibo prisa, ni ruido,
ni expectativas de hacer nada.
Solo de ser.
Y no es que eso sea suficiente, es que eso lo es TODO.

Y en medio de esta inmensa nada…
te encuentro.
Brillante, resplandeciente,
justo como te recordaba.
Volando libre y sin permiso
por el todo al que perteneces.

Te guardo en silencio,
tu gozo me llena de gozo,
tu libertad se vuelve la mía
y el sentimiento de querer unirme a tu ritual
explota en mi. Y me acerco….

Sin mirarme,
actúas como si hubieras estado esperándome todo este tiempo.
Dejas que estudie tus movimientos para que baile contigo.
Y en plena danza, te detienes para observarme…

— ¿Qué? — te pregunto.

Tu sonríes en silencio.
Percibo tu incapacidad para expresar
todo lo que sientes en ese instante.
Yo lo capto y continuo…

— Está bien, vamos… sigamos jugando.

Tras saciar nuestras ganas de disfrutar
nos sentamos a reflexionar.
Tu ya sabes lo que voy a decirte
y dejas que te lo diga igual…
tu respuesta no se hizo esperar:

— Bien… bajemos. Te volveré a encontrar.

✨


V.
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